El traje de fallera, un emblema valenciano que conserva siglos de historia
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Valencia - Cuando hablamos de trajes regionales, hay uno que, sin duda, ha trascendido el imaginario colectivo nacional e internacional: el traje de flamenca. Basta recordar a Jacqueline Kennedy a lomos de un purasangre y con sombrero cordobés; a Ava Gardner, vestida de lunares y volantes durante su célebre idilio español —tan bien retratado en la serie Arde Madrid—; o a Grace Kelly paseando por la Feria de Abril de Sevilla con un traje de flamenca color rosa. Un folclore que también llegó a la Alta Costura parisina de la mano de John Galliano para la maison Dior, impulsado no solo por su fascinación estética, sino también por su herencia gibraltareña. Tanto que en uno de sus documentales, el diseñador recordaba cómo su madre le “enseñó a bailar flamenco sobre la mesa de la cocina”, le inculcó la afición por “ver a Lola Flores” y le transmitió el placer de vestirse “para una ocasión especial”.
Sin embargo, hay otro traje regional que también forma parte esencial de la historia de la indumentaria española y que, a día de hoy, sigue siendo un ejemplo vivo de tradición y legado. Se trata del traje de fallera o valenciana, uno de los grandes iconos estéticos de las Fallas de Valencia, la fiesta más célebre de la capital del Turia, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en noviembre de 2016. Pero, más allá de Valencia, ¿qué se sabe realmente de ellos?
Jupón, enaguas, pañuelo, delantal, peinetas, aderezo… Cada pieza compone un lenguaje propio que remite tanto a la moda de los siglos XVIII y XIX como a la evolución contemporánea que alcanza hasta nuestros días. Desde que la valenciana Pepita Samper presidiera las Fallas tras ser elegida “Señorita España” —título ahora conocido como Miss España— en 1929, la indumentaria valenciana continúa presente sin perder su esencia. Considerado uno de los trajes regionales más costosos de España —a partir de los 3.000 euros según Asociación Comercio Indumentaria Valenciana (ASCIVA)— por su complejidad artesanal y su valor patrimonial, alcanza su máxima expresión en el espolín fallero. Un tejido de seda artesanal que se elabora manualmente en telares tradicionales desde el siglo XVIII, como es el caso de la empresa Vives y Marí, asentada en Xirivella y fundada por Luis Vives y José Marí en los años 50, que ha confeccionado los espolines de la Fallera Mayor y la Fallera Mayor Infantil de València de 2025 y 2026, mediante la mediante licitación pública adjudicada por el Ayuntamiento.
El Ayuntamiento de València había destinado inicialmente un presupuesto de 94.380 euros para la elaboración de los espolines de las Falleras Mayores de 2025 y 2026. El importe máximo previsto era de 49.005 euros para la Fallera Mayor y de 45.375 euros para la Fallera Mayor Infantil.
El contrato fue adjudicado a la empresa sedería Vives y Marí, teniendo en cuenta criterios como el precio ofertado, la reducción del plazo de entrega en diez días y la entrega adicional de 3,5 metros de seda lisa del mismo color que el espolín para la confección del corpiño de manga larga.
El precio de un espolín depende del número de cartones y pasadas necesarias para tejer el dibujo. Los diseños suelen medir entre 40 y 50 centímetros de altura y pueden requerir entre 4.000 y 15.000 cartones. Los tejidos destinados a las Falleras Mayores de València se encuentran entre los de mayor complejidad técnica.
En cuanto al color, el espolín de la Fallera Mayor incorpora 33 tonalidades distintas, mientras que el de la Fallera Mayor Infantil alcanza los 36 colores.
Este tejido de seda se elabora con hilos de origen animal procedentes del gusano de seda y continúa fabricándose en telares tradicionales, mediante un proceso completamente artesanal heredado de los siglos XVIII y XIX.
En palabras de ASCIVA: "el espolín es una pieza de artesanía excepcional cuya elaboración puede requerir hasta tres meses de trabajo. Su precio, que parte de los 15.000 euros, depende en gran medida de la complejidad del dibujo, del número de cartones y pasadas necesarias en el telar, así como de los metales y tipos de hilo empleados".
"Cada tejido se construye a partir de un minucioso proceso artesanal que combina técnica, tiempo y precisión, convirtiendo cada uno en una pieza única”. Su reverso —donde puede apreciarse cómo la trama de color regresa y se entrelaza— delata su elaboración manual y lo distingue de los tejidos mecánicos o de la llamada “seda estrecha”.
“El vestido de fallera no es solo un traje, es una pieza artesanal en la que intervienen sederos, bordadores, orfebres e indumentaristas que trabajan durante meses cuidando cada detalle”, cuenta Berta Peiró García, la que fue Fallera Mayor de Valencia en 2025. Para la valenciana, “la indumentaria valenciana no es un disfraz”, sino “el resultado de siglos de historia, de una tradición textil única en Europa y de un trabajo artesanal que sigue vivo hoy en día. Detrás de cada traje hay telares que aún tejen como en el siglo XVIII, bordados hechos a mano y orfebrería minuciosa que pasa de generación en generación”, cuenta. “Los tejidos, espolines, sedas, algodones, y el trabajo hecho a mano forman parte de un legado que hemos heredado y que tenemos la responsabilidad de conservar”, añade.
“El vestido de fallera no es solo un traje, es una pieza artesanal en la que intervienen sederos, bordadores, orfebres e indumentaristas que trabajan durante meses cuidando cada detalle”
Al otro lado de cualquier vestido de fallera hay unas petit mains que se encargan de dar vida a un diseño que bebe del pasado —con claras referencias a la moda francesa del siglo XVIII— y que, al mismo tiempo, dialoga con el presente. Para el indumentarista Eduardo Cervera, artífice de la gran mayoría de los diseños de Carmen Prades, Fallera Mayor de València 2026, no se trata tanto de “innovar” como de “recrearte en algo que ya ha existido”. A su juicio, tanto en la moda como en la indumentaria valenciana, crear algo completamente nuevo “es muy difícil”, mientras que el verdadero reto consiste en tomar una inspiración y llevarla un paso más allá.
En su caso, ese diálogo entre pasado y presente se construye utilizando los recursos y avances actuales, pero manteniendo líneas limpias y una profunda admiración por la tradición. Su imaginario se sitúan, en gran medida, en la indumentaria que observó en su infancia a finales de los años ochenta y principios de los noventa. Mientras que sus referentes pasan por nombres clave del oficio como Enrique Marzal, Amparo Fabra o Victoria Liceras, así como a la histórica Casa Aljofar, conocida por la importancia que concedía a la corsetería tradicional. De ahí que, en los corpiños de Cervera, la construcción sea esencial: el uso de ballenas o esparto —en lugar de materiales de algodón— permite recuperar la silueta de “cintura de avispa” o reloj de arena heredada de la moda francesa, “buscando que el contraste entre pecho y cintura resulte especialmente favorecedor para la mujer que lo lleva”, añade.
Por su parte, Beatriz Guillén, propietaria de BG Atelier, marca especializada también en indumentaria tradicional valenciana, su estilo “está marcado sobre todo por el respeto y la continuidad de la indumentaria más tradicional posible”. Un trabajo que no solo depende del talento de la persona que hay detrás de las puntadas, sino también de sus referencias e investigación: “trabajo mucho recurriendo a libros y publicaciones de especialistas en la materia”, que según ella son “su mayor influencia”.
Pero ¿por dónde empezar? Para Berta Peiró —quien, como máxima representante de las Fallas de Valencia, llegó a contar con veintitrés trajes— el proceso de concebir cada indumentaria ha cambiado con los años. “Antes de ser Fallera Mayor, lo primero en lo que pensaba al hacerme un traje era el color”, cuenta a FashionUnited. “Cuando era más pequeña no iba directamente a un tejedor a escoger el dibujo o las flores; eso llegó más tarde”.
Con el tiempo, su forma de abordarlo se ha vuelto más reflexiva. “Ahora pienso para qué acto lo voy a utilizar y, a partir de ahí, construir una historia”, señala. Su manera de entender la indumentaria fallera se mueve entre el cuidado por el legado y la expresión personal: “me gusta respetar la esencia histórica de cada traje y cuidar cada detalle, pero siempre aportando un toque propio que refleje cómo siento y vivo las Fallas”.
“Mi estilo está marcado sobre todo por el respeto y la continuidad de la indumentaria más tradicional posible. Trabajo mucho recurriendo a libros y publicaciones de especialistas en la materia. Ellos son mi mayor influencia.”
Esa relación íntima con el traje también se refleja en la libertad con la que muchas falleras contemporáneas reinterpretan la tradición. Es el caso de Marta Pamblanco, Fallera Mayor 2025 de la Falla Micer Rabasa - Poeta Maragall, que decidió apartarse de algunos códigos habituales en uno de los momentos más simbólicos del reinado fallero: la exaltación. “No me importa arriesgar ni salirme un poco de los cánones”, comenta. “La mayoría de las Falleras Mayores se decantan por un traje de farol para ese primer vestido, pero yo tenía claro que ese corte no me favorece y opté por un siglo XIX, además en plata, que tampoco suele ser lo habitual en el traje ‘oficial’”. Una elección que evidencia cómo, incluso dentro de una indumentaria profundamente reglada, existe espacio para la interpretación personal.
Una delicada colección de valiosos vestidos que se construye a lo largo de los años y llega a formar un pequeño archivo sentimental. Alba Garrido, fallera desde los seis años, comparte con FashionUnited que su primer traje propio llegó en la comunión. “Recuerdo el proceso de elegirlo con muchísimo cariño”, rememora. Ya como Fallera Mayor de su comisión confeccionó dos nuevos conjuntos y otro más para participar en los Balls al Carrer. Más tarde, al formar parte de la Corte de Honor de la Junta Central Fallera en 2012, su armario volvió a ampliarse con tres trajes adicionales, siguiendo la tradición: el de la exaltación, un segundo traje oficial y el que se estrena en la popular Dançà en honor a la Virgen.
Pero el look de fallera no termina en el vestido. A su alrededor gravita todo un universo de complementos —zapatos, aderezos, peinetas— que mantiene vivos oficios artesanales ligados a la fiesta. Es el caso de Patricia Juliá, creadora de Més Q Pintes, quien comenzó casi por casualidad en 2016 al fabricar unas peinetas para su hermana, Fallera Mayor de su comisión. Hoy sus piezas se graban completamente a mano sobre latón con buril de joyería y pueden personalizarse hasta el último detalle —desde el dibujo inspirado en la tela del traje hasta iniciales o símbolos familiares—, prolongando así la tradición artesanal que completa la indumentaria valenciana.
Lejos de ser una reliquia del pasado, la indumentaria fallera continúa escribiendo su historia en la actualidad. Cada traje, tejido, aderezo o peineta forma parte de un legado cultural que se transmite de generación en generación y que mantiene vivo un ecosistema de oficios artesanales únicos.
Hoy, este patrimonio no solo es uno de los grandes emblemas festivos de España, sino también un símbolo cultural cada vez más observado fuera de nuestras fronteras. Desde que las Fallas de Valencia fueron reconocidas como Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO, la ciudad que huele a pólvora hasta el 19 de marzo se convierte en un auténtico escaparate internacional. Entre mascletàs, música y monumentos efímeros, los trajes de fallera —sobre todo durante la Ofrenda— siguen cautivando miradas curiosas llegadas de todo el mundo.