Cuando la lluvia llega a la pista: la colección Otoño/Invierno 2026 de Lacoste
El 31 de julio de 1923, René Lacoste se enfrentaba al número uno español, Manuel de Gomar, en una eliminatoria de la Copa Davis en Deauville cuando un aguacero repentino inundó la pista de hierba. Los espectadores lanzaron periódicos a la superficie para ayudar a secarla, mientras los jugadores y el público se refugiaban bajo paraguas con gabardinas, ponchos, impermeables y botas de goma. La lluvia prolongó el partido durante dos días, pero Lacoste ganó en cuatro sets, llevando a Francia a la final y encaminando al joven jugador hacia el título de campeón del mundo.
Aquella tarde es el punto de partida de la colección Otoño/Invierno 2026 de Lacoste. La directora creativa, Pelagia Kolotouros, ha construido la colección en torno a la idea del recuerdo, una memoria de tensión y resolución, de preparación y rendimiento, y de lo que se necesita para esperar y ganar. En lugar de centrarse en la intensidad de la competición, ha puesto el foco en las gradas, explorando los momentos que rodean al partido, donde la cultura del espectador tiene tanto peso como lo que sucede en la pista.
Prendas de abrigo diseñadas para los elementos
Continuando con la reinterpretación de las prendas de abrigo iniciada en temporadas anteriores, Kolotouros ha desarrollado aún más la idea a través de la impermeabilización y los tejidos técnicos: la gabardina como pieza fundamental, el poncho reinventado como un polo evolucionado y la lana técnica termoadherida utilizada como escudo contra el mal tiempo. Las piezas acolchadas y voluminosas aparecen en nailon transparente y con acabados de efecto mojado o reflectantes, junto con el terciopelo de felpa y la sastrería suave del blazer René de la casa. El emblema del cocodrilo regresa en nuevas formas, integrado en bordados y aplicaciones de insignias que hacen referencia a los archivos de la marca.
Una cápsula con Mackintosh
La colaboración “Roots” de la colección une a Lacoste con Mackintosh, la casa escocesa de prendas de abrigo fundada en 1824 y conocida por su dominio de los tejidos engomados. Mackintosh sigue produciendo sus prendas en gran medida como siempre lo ha hecho, pegando y sellando a mano su característico algodón impermeable de colores coordinados, utilizando técnicas transmitidas desde el siglo XIX.
La colaboración ha dado como resultado una serie de siluetas clave que llevan los clásicos de Lacoste a un nuevo territorio: un polo-poncho, un chándal impermeable, una falda-gabardina plisada y una camisa híbrida con chaqueta de chándal. Los estampados tradicionales aparecen en tejidos técnicos, y los jerséis de punto de ochos se combinan con nailon de alto rendimiento. El resultado son prendas de abrigo moldeadas por los métodos de Mackintosh que siguen siendo inconfundiblemente Lacoste. En gran parte sin género, las piezas “Neo-Tennis” de la colección se inspiran en la energía del deporte sin definirse por él, diseñadas para llevarse en cualquier lugar sin perder su atractivo.
Accesorios y paleta de colores
La forma y la textura de la colección siguen lo que Lacoste denomina tech-heritage, una mezcla de lo atlético y lo histórico, del rendimiento y la poesía. Regresan los favoritos de los seguidores, como los pins de trofeos con aspecto desgastado, las camisetas Grand Slam, el icónico chándal de la casa y un reloj digital con pulsera elástica. El bolso Lenglen reaparece en nuevas proporciones, con su forma urbana y deportiva rematada con un asa de silicona, mientras que una funda para raqueta y un clutch con forma de pelota de tenis están confeccionados con los tejidos técnicos de Mackintosh.
La paleta de Otoño/Invierno pasa de tonos fríos a cálidos y de cubiertos a vivos. Los grises fríos, los tonos brezo oscuros y los metales húmedos y sombríos recorren los tejidos base, mientras que el verde agave recuerda a la hierba después de un aguacero y el rojo óxido hace un guiño a la tierra batida de Roland-Garros, cubierta apresuradamente para protegerla de la lluvia repentina.
Para Lacoste, la colección refleja lo que un joven René Lacoste debió de comprender al abandonar aquella pista inundada: que el verdadero juego no es solo una batalla entre oponentes, sino un diálogo constante entre el cuerpo y los elementos.